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Este primer viaje que emprendí a San Salvador de Jujuy en Noviembre de 2007 estaba concebido, tal como habíamos pautado con Gisela Timmermann, como un Taller de Percusión destinado a los percusionistas que integran la Orquesta Juvenil de la ciudad. Gualberto Mostajo, el camarógrafo que me acompañó a lo largo del trayecto, registró las actividades llevadas adelante por los distintos talleres. El trabajo en relación a los percusionistas de la orquesta se centró principalmente en dos líneas básicas:

La primera: hacer un diagnóstico de necesidades técnicas y desarrollar, ateniéndose a este diagnóstico, un sistema de trabajo que les permitiera a los chicos realizar estudios y mantenimientos generales de ejecución de los instrumentos.

La segunda: comenzar a desarrollar un ensamble de percusión en el que se trabajaran en particular los ritmos locales, incorporando al ensamble todos los instrumentos de percusión de la zona.
Para profundizar estos lineamientos era importante identificar, entre los participantes, a quien pudiera mantener una continuidad de desarrollo y estudio. Para cuando regresase a Buenos Aires, la idea era haber logrado que el grupo se sostuviese autónomamente, habiendo dejado la mayor cantidad de información posible. Afortunadamente encontré en Alberto “Beto” Vargas, un joven y talentoso percusionista jujeño –en ese momento contaba tan solo con diecinueve años de edad-, a la persona indicada para liderar al grupo.



Galería de imágenes






Esta primera experiencia quedó registrada. Las imágenes que Gualberto Mostajo extrajo, editadas por Santi Parisow y el audio cuidado por Javier Sverdloff, cuentan mejor la historia.









La otra parte del proyecto era comenzar a tender vínculos con los percusionistas de las Bandas de Sicuris de la Quebrada de Humahuaca (a quienes Gisela había escuchado en una visita anterior al Norte). De modo que todas las noches, luego de trabajar en Jujuy, viajábamos con Gualberto –que accedía a acompañarme sin la cámara- hasta la Quebrada de Humahuaca para iniciar los contactos.
En este sentido, quizás convenga contar que mi debut escénico en lo que a la música respecta fue a los dieciséis años con Ollantay-Tambo, una banda porteña de sicuris y percusión compuesta por alumnos del Taller de Música homónimo. El desafío que ahora se me presentaba, por lo tanto, era desde lo emotivo muy significativo, ya que esta música y este tipo de ensamble marcaron mi adolescencia y el comienzo de mi carrera.

21 de Noviembre. Nuestro primer viaje fue hacia Tumbaya, que es un pueblo de unos mil habitantes ubicado en la Quebrada de Humahuaca, cerca de Purmamarca. Llovió durante todo el trayecto, y fue ahí que me comencé a preguntar sobre lo “lógica” de lo que estaba emprendiendo: no sólo no conocía a nadie en Tumbaya que pudiera orientarme, sino que ni siquiera sabía con exactitud dónde quedaba como para bajar del micro a tiempo. Por suerte alguien tuvo la gentileza de avisarnos y pisamos tierra justo en el pueblo. Afortunadamente la lluvia había menguado, sin detenerse por completo. De todos modos el paisaje era desolador: de un lado de la ruta, los cerros; cruzando la ruta, un poblado hermoso, pequeño y oscuro. Con el añadido de la lluvia y la ausencia total de gente en la calle, el paraje aparecía auténticamente fantasmagórico. Pero, claro, éramos dos y lo que pudo haber parecido dramático se volvió “aventurero”; avanzamos…

Luego de caminar en círculos un rato y ya bastante mojados, vemos a unos metros a un hombre caminando por la calle. Sin saber exactamente qué preguntarle, nos acercamos. Se trataba de Javier Méndez que resultó ser director de una de las Bandas de Sicuris de Tumbaya. Hay momentos en la vida (y éste claramente fue uno de ellos) en los que tengo la certeza de estar acompañado por una luminaria, una suerte de astro-guía. En ese lugar, en esa época del año -estábamos a un día del día de Santa Cecilia (Patrona de la Música)- no tuve que hacer mucho esfuerzo para recurrir a Ella, la explicación más lógica.

Siguiendo a Javier, con la lluvia arriba, el barro abajo y rodeados por la más cerrada oscuridad, fuimos recorriendo el pueblo, golpeando unas cuantas puertas y conociendo a varios integrantes y directores de las cuatro bandas que tiene Tumbaya. Con varios de los Sicuris –“Sicuri” designa tanto al instrumento como al ejecutante- arreglamos un encuentro para el día siguiente, tal vez con instrumentos.

Las diferencias en la jerarquía social entre la diurna vida civil y la nocturna vida musical son muy interesantes. Por lo que vi durante otros viajes y en mis noches de salsa, suele suceder con frecuencia un fenómeno de carnaval: el que es peón de día, por la noche puede llegar a Rey y el gerente, no pasa de soldado raso.

La vuelta fue un poco traumática. La lluvia había provocado algunos derrumbes y la ruta se había complicado. Sin embargo, la cara de la gente (la mayoría dormía en paz) y la tranquilidad del chofer me convencieron de que debía ser algo que ocurría habitualmente. En todo caso, me entregué sin dudarlo -y sin mucha alternativa- una vez más a Santa Cecilia.

22 de Noviembre. Después de una jornada muy productiva con los chicos de Jujuy, fuimos nuevamente con Gualberto hasta la terminal de ómnibus a ver a qué hora salía el siguiente micro a Tumbaya. Llegamos al pueblo a las siete menos cuarto, un rato antes del horario en el que habíamos quedado. Aprovechamos para merendar en el punto de encuentro: un bar de tres mesas al borde de la ruta que abrió sus puertas cuando nos vio llegar. Me atrevería a arriesgar que éramos los primeros clientes del día. Pedimos dos sándwiches y dos cafés con leche. Lo original del caso fueron los gritos entre la señora que atendía el bar y la que atendía el almacén cruzando la calle, una especie de delivery analógico, encargando 200 gr. de jamón, 200 gr. de queso y una leche… En fin, todo muy rico, pero los muchachos no aparecían…

A la hora, ya con la merienda digerida y pensando en volver a la ciudad de Jujuy, vemos a lo lejos que se acercan Javier y otro señor al que habíamos conocido la noche anterior, integrante también de una de las Bandas. A partir de ese momento comenzó una caminata por el pueblo durante la cual Gualberto y yo fuimos escaneados por todas las miradas con que nos cruzábamos.

Javier y su amigo se encontraban en las calles con los integrantes de las bandas y los convocaban. Como a las dos horas de dar vueltas a las mismas diez manzanas, estábamos todos reunidos en la cancha de fútbol (un polideportivo de cemento iluminado aquí y allá por las pocas luces que sobrevivían prendidas). Mientras esperábamos que uno de ellos consiguiera la llave de no sé qué lugar donde tenían guardados los instrumentos, Gualberto se incorporó al peloteo improvisado por un grupo de jóvenes, ellos también integrantes de las bandas. Casi lo perdemos…correr a más de dos mil metros de altura sobre el nivel del mar no es un ejercicio aconsejable para los que habitamos la Pampa Húmeda.

Cerca de las diez de la noche, tres horas más tarde de lo previsto, pero todavía en el día de Santa Cecilia, ¡comenzó la Música! Fueron muy generosos, tocaron alrededor de dos horas, mientras nos contaban y explicaban los diferentes tipos de ritmos y las distintas circunstancias en las que salen a tocar y peregrinar las bandas. Mi sensación inmediata fue la de imaginarme como un etnomusicólogo en pleno trabajo de campo. La ilusión se desmoronó cuando, al volver a Buenos Aires, corroboré que todo está muy detallado y registrado en Internet. Igual la experiencia fue muy divertida.

Una vez concluido este primer contacto, debimos activar el regreso a la ciudad de Jujuy, con el inconveniente de que a esa hora ya hacía horas que había pasado el último micro. Estuvimos un rato muuuuy largo esperando al costado de la ruta, deseando que esa lucecita que cada tanto se veía a lo lejos fuera una opción para no seguir congelándonos. Pero no, eran autos particulares, motos, micros que venían desde Bolivia y no tenían permitido parar en el medio de la ruta. Felizmente pasó un remís, que volvía de Humahuaca, negociamos nuestro rescate y pegamos/pagamos la vuelta.




Esquina de Tumbaya la noche del encuentro, junto a Javier.


25 de Noviembre. Como cierre de actividades del Taller de Percusión de Jujuy organizamos un concierto en la Iglesia de Maimara. Estaba programado para luego de la Misa que se celebraba en honor a la Patrona de la Música y de él participaron los chicos que concurrieron al taller y los integrantes de las orquestas infanto- juveniles de Jujuy y Maimara.

En cuanto el concierto llegó a su fin, a la salida de la Iglesia, dos Bandas de Sicuris comenzaron a tocar en procesión alrededor de la plaza, atrás de la imagen de Santa Cecilia. A pesar de que la combi que nos llevaría de regreso a Jujuy estaba a punto de salir, con Gualberto decidimos quedarnos en Maimara para ver cómo seguía la fiesta. Y la fiesta siguió: luego de una vuelta a la plaza la Virgen, escoltada por las Bandas, llegó al patio de tierra de una casa particular a la que fuimos invitados a pasar por el dueño, luego de que nos viera asomándonos desde la calle. Se comió (no demasiado), se tomó (bastante), y se bailó (un montón). Habría unas cien personas festejando. Con la cámara y el trípode a cuestas, y después de una larguísima jornada de trabajo, que había incluido dos ensayos, viaje a la Quebrada y el concierto, comenzamos a averiguar opciones de subsistencia: ya no había micros y comenzaba a hacer frío en serio.




Fogata nocturna, Fiesta en Maimará.


En el almacén donde habíamos comprado nuestro aporte a la fiesta, un almacén que esa noche se quedaba de guardia para mantener abastecidas al conjunto de fiestas y reuniones que parecían celebrarse aquel sábado, allí, digo, preguntamos si conocían algún lugar para pasar la noche. La corpulenta señora que atendía tuvo la amabilidad de acompañarnos a una casa que en el verano solía alquilar habitaciones. Era Noviembre y, aunque no estuviéramos en temporada, había que intentarlo, ya que no parecían haber más alternativas a esa hora de la madrugada. Después de un rato golpeando la puerta, y con nuestra nueva amiga de interlocutora, conseguimos alojamiento para esa noche. Era evidente que los colchones y el cuarto no se ventilaban desde el verano.

A las pocas horas de sueño (serían las seis y pico de la mañana) me desperté escuchando música que venía desde la fiesta de la noche anterior y me arrimé a ver en qué andaba la cosa: claramente el tramo religioso había terminado hacía rato. A las nueve de la mañana nos tomamos con Gualberto un micro de Maimara e hicimos turismo. Fuimos a Purmamarca, visitamos “Los Colorados”, el “Cerro de lo Siete Colores” y nos volvimos a Jujuy para tomar el avión de vuelta a Buenos Aires.




Gualberto en Los Colorados.






Banda de Sicuris en Maimará, homenajeando a la Patrona de la Música.


maimará 2 quebrada de humauaca
Cinco chicos asistieron a la primera sesión del taller que inauguramos con Beto allá por marzo; en junio ya tenía doce integrantes. Incluso, tal movimiento fue motivo para un incipiente conflicto: algunos de los chicos de la Orquesta Infantil de Maimará quisieron emigrar y cambiar el instrumento que tocaban en la orquesta para sumarse al batuque. Afortunadamente, Nora Benaglia, la directora, vino con la excelente idea de permitirles a los chicos hacer el taller de percusión a condición de que no abandonaran el suyo en la orquesta. De este modo, los chicos que así lo quisieran podrían continuar con su instrumento y agregar como complemento uno percutible. Todos en paz.

Acordamos con Beto y Nora que era un buen momento para un viaje a Maimará. Gisela estuvo de acuerdo y nuevamente el Mozarteum Argentino apoyó la realización del taller de Percusión. Esta vez hicimos base en la Quebrada de Humahuaca. Por supuesto, los percusionistas de la Orquesta Juvenil de Jujuy estuvieron debidamente invitados. Del alojamiento se ocuparon los padres de los chicos de Maimará, que hicieron honores al don de la hospitalidad.

La mayoría de los percusionistas de Maimará tenían entre cinco y ocho años, los percusionistas de Jujuy entre trece y veinte, y los dos invitados veinte y veinticinco. Trabajamos en tres turnos: uno para el ensamble de Maimará, otro para los percusionistas de Jujuy y otro turno todos juntos sumando a los invitados.

27 de Septiembre. El cierre del taller fue un concierto en la Iglesia de La Candelaria. Para anunciar que comenzaba, y aprovechando que era domingo, nos permitieron abrirlo a campanazos, usando el campanario de la iglesia. Seguramente algún desprevenido apareció en el concierto pensando que habría otra misa.

El concierto se desarrolló en tres partes: la primera consistió en un solo set a mi cargo. (Una vez solo en la hermosa, pequeña y antigua Iglesia acomodando mis instrumentos frente al altar reflexionaba sobre lo maravilloso y extraño del “escenario” en el que me tocaba presentarme.) La segunda parte fue con los integrantes del taller de percusión y la dirigió íntegramente Beto. La tercera parte estuvo a cargo de la Orquesta Infantil de Maimara comandada por Nora.

En este caso, el protagonismo estuvo repartido: por un lado los músicos que tocaron –que, huelga decir, lo hicieron magníficamente bien- y por el otro, un peculiar personaje, el perro de la iglesia, que se paseaba entre hechizado y molesto por la música, como si fuéramos intrusos en su hogar, y golpeaba con la cola las sillas, el altar, los instrumentos.





Ah, el ensamble de percusión de Maimara ya tiene nombre: “Los Alegres de Gisela” y realiza presentaciones públicas regularmente. Siguen guiados por Alberto “Beto” Vargas, desarrollando y perfeccionando el concepto de ensamble de percusión Jujeño.






Bonus Track

30 de Septiembre. Pasé mi último día antes de partir para el Chaco Salteño en la Ciudad de Jujuy. Había sido invitado a coordinar una actividad que encaraban en conjunto el Mozarteum de Jujuy y la Universidad de Jujuy en la escuela secundaria de Minas. A raíz de una encuesta realizada entre alumnos en la que se les preguntaba qué actividad artística extracurricular les gustaría que se dictara, fue elegido con un rotundo cincuenta y dos por ciento el “Taller de Percusión”. En efecto, a aquel resultado obedecía mi presencia allí. Me pidieron entonces que realizara un día de Taller/Diagnóstico de situación.

Bien. Los muchachos se habían fabricado la mayoría de los instrumentos que tocaban con barriles de aceite industrial cortados por la mitad, lo que le daba al ensamble una sonoridad propia (una de las cosas más importantes y difíciles de lograr). Además tocaban de forma autodidacta con resultados de grupo muy potentes. Para terminar de darle un cariz más al taller y unos decibeles más a la poción, en el seno de un mismo ensamble convivían dos facciones severamente enfrentadas de la hinchada de Gimnasia y Esgrima de Jujuy. La experiencia, se imaginarán, fue de lo más interesante. El proyecto tiene todo como para que en un futuro cercano se pueda desarrollar. Eso espero.





comunidad wichi 1 santa victoria este, chaco salteño
Origen. Durante mi primer viaje a Jujuy, conocí a Lupe, Guadalupe Miles. Ella, fotógrafa, había asistido al concierto que habíamos dado con Fernando Vallés y con los chicos del taller de percusión. Lupe hace varios años que retrata desde un ángulo intensamente artístico, la vida, estética y situaciones en Comunidades Wichis del Chaco Salteño. A través de su trabajo ha llegado a afianzar una relación casi parental con Sebastián Mendoza, Tiluk, cacique y chamán de la Comunidad Wichi de Santa Victoria Este. Tiluk, en su doble rol de soberano y sabio, tiene un enorme conocimiento sobre la música, la canción y las danzas de su pueblo.

Las generaciones jóvenes de esta Comunidad Wichi no estaban mostrando mayor interés por sus raíces culturales y la situación comenzaba a preocupar a Tiluk. La sensación de que si no las transmitía podían llegar a morir con él.

Me propusieron que viajara a la Comunidad y diera algún tipo de taller que despertara interés en los chicos. De paso, como iba a estar con mis instrumentos a cuestas -esto sería inmediatamente después de mi concierto en Maimara-, también podíamos concertar una presentación en el Centro Cultural que tienen en la Comunidad. Le propuse el proyecto a Gisela: aceptó.

1° de Octubre/Viaje. Luego de mis días de talleres y concierto en Maimara cargué mis cosas y tomé rumbo para Salta, donde me encontré con Guadalupe, un colega de ella, Nicolás Trombetta, también fotógrafo, y Mariana, una alumna y amiga de Lupe. Rumbeamos entonces para el Chaco Salteño.

La primera parte del viaje fue casi normal a pesar de estar llevando conmigo mis instrumentos, diez bultos que pesaban unos cien kilos en total. Dicho así, a los oídos de un civil, parece mucho, una monstruosidad. Bien, para un percusionista, cien kilos de carga equivalen a un poco más que un bolso de mano.

Viajé en remís de Jujuy a Salta y en Salta, después de unas pizzas, embarcamos en un micro de línea hacia Orán adonde llegamos a las cinco de la mañana. La situación en la Terminal de Orán con todos los instrumentos comenzaba a tornarse si no ridícula por lo menos muy extraña.

Un café con leche, de parados; una pequeña espera y trasbordo a lo que sería nuestro vehículo hasta Santa Victoria: un colectivo como los que circulaban en Buenos Aires en los años setenta, al que le faltaban varios vidrios y que tenía los asientos en condiciones bastaaaaaante precarias.

A la hora de estar viajando -siete treinta de la mañana- se realizó una parada en una especie de puesto en el medio de vaya uno a saber dónde. La única opción gastronómica que ofrecían era pollo con papas fritas y arroz. Yo pasé, decisión de la que me arrepentiría muy poco tiempo después, pero mis compañeros de viaje dijeron sí y acompañaron con una cerveza.

La ruta que comenzó de asfalto en alguna de las curvas se transformó en camino de tierra. La tierra estaba tan seca que todo era una gran nube de polvo. Por suerte el chofer, quiero creer, podía manejar casi sin ver el camino. A todo esto el sol comenzaba a salir con más fuerza y la situación térmica dentro del colectivo comenzaba a agravarse. Finalmente, una hora y media después del pollo que no me comí, la caja de cambios del colectivo comenzó a rugir. A los dos minutos se escuchó un estruendoso “¡¡¡crunck!!!” y todo se detuvo.

No imaginaba solución posible: ya hacía rato que no había señal en los celulares y no veía ninguna estación de servicio cerca; es más, para ser exacto, no se veía cerca ningún tipo de construcción hecha por la mano del hombre. El chofer abrió la puerta y se dirigió al motor, secundado por algunos pasajeros. Ellos, más curiosos que versados en mecánica, se arrimaron para ver cómo seguiría el asunto. Yo opté por reflexionar sentado en mi asiento ya que la temperatura debía estar rondando los cuarenta grados y el sol se mostraba de lo más hostil para un bicho de ciudad sin pantalla solar treinta.

Al rato sube el chofer engrasado de pies a cabeza y le pide permiso a los que estaban sentados en los últimos asientos. Los levanta -a los asientos- y, luego de forcejear y maniobrar, extrae un caño de unos diez centímetros de ancho y un metro y medio de largo. A esta altura, la situación aparentaba de más gravedad aún que la que se venía viviendo hasta ahí. Bajó con el caño, se escucharon unos martillazos, volvió el buen hombre, acomodó caño y asientos traseros, fue hasta el comando de la nave y mágicamente el motor resucitó. De este modo, avanzamos adentrándonos en lo que comenzaba a ser el monte.

Me acerqué para ofrecerle mi botella de agua mineral, que se tomó en un largo trago de quince segundos. Me quedé conversando con el héroe del día. Lo que contó es que si él no se las arreglaba para hacer andar el colectivo y terminaba de alguna manera teniendo que pedir ayuda no le pagaban la jornada de trabajo. A todo esto, me olvidaba de detallar que él también era quien subía el equipaje en el techo del colectivo, cortaba los pasajes y cuando llegamos era quien descargaba el equipaje… ah, y no tenía permitido recibir propinas.

Ya llegando a Santa Victoria, en un pueblo por el que pasamos del cual no recuerdo el nombre, vimos con gran asombro como al lado de donde estaba estacionado el micro comenzó a descender un helicóptero que traía autoridades gubernamentales. La nube de polvo que se levantó parecía salida de una explosión de “La Guerra de las Galaxias” y las ventanas sin vidrio, una de cada cuatro, permitieron que el polvo recorriera absolutamente todos los rincones del colectivo.

La temperatura a esta altura era incalculable. Entre la transpiración corporal y el polvo que se había levantado formaron una película pegajosa con la que todos quedamos patinados.

Durante el último tramo del camino hasta Santa Victoria vimos algunos lugares con plantaciones transgénicas y otros en los que se podía observar el famoso “desmonte”, escenarios realmente dantescos que no hace falta describir demasiado -ya todos lo vimos por la tele-. Para decirlo con suavidad, en vivo y en directo, la imagen es muy triste.

Llegada. A unas veinte horas de mi partida de Jujuy, en las que solamente recorrí unos quinientos kilómetros, llegamos a la Comunidad Wichi al Este de Santa Victoria. Nos esperaban Sebastián –Tiluk-, su esposa y algunos de sus diez hijos. Estaban mateando a la sombra de un árbol. Los estuches con instrumentos llamaron inmediatamente la atención de niños, adultos y animales diversos (perros, gallinas y demás), que comenzaron a merodearlos.





Para ser sincero después de tanto recorrido yo no estaba del mejor humor y no tenía muchas ganas de explicar demasiado ni de mostrar nada de lo que traía. No obstante, estar sentado cerca de Sebastián fue suficiente para al menos vislumbrar lo que todavía ahora no termino de entender: la velocidad, los tiempos y la administración de la energía con la que había que respirar y transitar por esos Pagos.

Taller. Fue, sin dudas, el desafío pedagógico más grande que se me presentó. Las edades de los chicos iban desde los cinco años hasta los trece. Ninguno tenía conocimientos previos de nada parecido a la música, no tenían casi instrumentos y los míos no eran apropiados dada su fragilidad para esta clase de taller. Repensándolo, no sólo desde la pedagogía, fue el reto más difícil.

En estas situaciones y dados los objetivos del taller, lo fundamental es pensar en la continuidad del trabajo una vez terminada mi intervención y, por eso, lo mejor es tocar con lo que se cuenta en el lugar. De este modo, se le puede dar una duración al trabajo, que si dependiese de mis instrumentos sería imposible.

Con los días y viendo la cotidianeidad de los chicos, comencé a comprender algunas causas de las dificultades que se presentaban. Noté que no había hora de la comida; en rigor, fui notando que casi no había comida. Sin comida, es muy difícil que alguien tenga ganas de jugar. Y sin embargo estos chicos tenían muchas ganas, solo que aparentemente el juego no estaba formando parte de sus vidas.

Por otro lado, la apariencia física de los adolescentes era muy aniñada. Eran muy flacos. Aparentaban tener unos dos o tres años menos de los que tenían. No comer regularmente, supongo, trae este tipo de cosas. Otro detalle: ninguno tenía calzado y con el correr de los días me di cuenta que tenían no mucho más que una muda de ropa. Llegaban todos los días con las mismas prendas, siempre limpias.

Pero, insisto, les gustaba jugar. Así que me guardé mis mariconadas ideológicas de clase media intelectual porteña y me dediqué a jugar con ellos. Y aclaro: debía ser la segunda o tercera vez en mi vida que mantenía un vínculo lúdico de más de diez minutos con niñitos. Separamos de mis instrumentos los que se podían utilizar, trajeron un tambor y una suerte de maraca (instrumentos tradicionales Wichi de los cuales desconozco el nombre) y, como eran unos cuantos chicos, instrumentamos unas sillas de estructura de madera y asentaderas de cuero que sonaban aceptablemente en ese contexto.





El primer paso en este tipo actividades es importante desde el punto de vista del diagnóstico, ya que hay que ubicar el piso de rendimiento como punto de partida y desde ahí avanzar hacia algún lado. Bueno, el piso del centro cultural era de tierra, lo mismo vale para el piso de rendimiento en ese grupo de chicos: era terreno virgen que no había recibido casi ningún estímulo, ningún riego en lo que a música se refiere. Tuve vértigo de no poder hacer nada, no me sentía con los recursos didácticos adecuados para ese momento y situación, pero ya estaba ahí: tenía unos cuantos chicos adelante que estaban esperando alguna consigna.

El punto de partida fue la ronda:
- La primer consigna que funcionó (luego de varias que fracasaron), fue unificar todos un pulso marcado con las palmas sobre las piernas.
- Luego de un rato, agregamos el movimiento asociado a ese pulso girando todos para un lado.
- Después, caminando en el lugar, al ritmo del tambor Wichi (tumpaj) tocado por mí.
- A esto le incorporamos, en varias etapas, matices, silencios, cambios en el sentido y la velocidad del movimiento de la ronda.
Finalmente pasé a integrar la ronda ya no como líder sino como integrante y uno de los chicos tomó el tambor de mando.





Me doy cuenta, cuando estudio y también cuando enseño, que lo más importante al comenzar un proceso de aprendizaje es establecer el lugar en el que se está parado –metafóricamente, el piso. Y al respecto, lo esencial es ser rigurosamente honesto y sincero, por más que cueste o duela asumirlo. Parafraseando: “La única verdad es la Realidad”.

Volvamos. El giro de la ronda sobre el piso de tierra comenzaba a poblar el aire de polvo. Los chicos, ya en confianza, comenzaban a zapatear lindo, buena señal; se escuchaban algunas risas, muy importante. Comencé a pensar hacia dónde.

El hacia dónde es el segundo paso que hay que dar un vez fijado nuestro piso. No tiene sentido apurarse si no sabemos para dónde estamos queriendo ir. De alguna manera el rumbo del trabajo estaba implicado en mi presencia en aquel lugar: interesar a los chicos en la música y la danza para que Sebastián pudiera luego transmitir la tradición Wichi. Con esa idea original, el camino didáctico ya estaba trazado. Ya tenía el piso y también el hacia dónde.

Isabel, la esposa de Sebastián y madre de sus diez hijos, no quitaba la vista y la atención de lo que ocurría. Terminada la clase se me acerca y comenta que los juegos de ronda que estábamos haciendo se comenzaban a parecer a las danzas tradicionales Wichis, danzas que jamás en mi vida había visto. Coincidencia o Santa Cecilia. No soy especialmente místico, pero a veces no encuentro otra explicación.

Sebastián espiaba de lejos la situación sin aparecer por el taller, tomando mate a unos metros de distancia. Omnipresente, diría yo. Esa noche invitó a un amigo suyo y a su hijo Najuaj (uno de los mayores), junto a quienes, en algunas ocasiones, canta y baila. Yo me había llevado un mini disc, con el que me pidieron que los grabara. El registro, o la falta de él, es otro de los asuntos relevantes. En efecto, otro de los pedidos de Sebastián era dejar grabado todo el repertorio que guarda en su memoria. Supongo que este año lo haremos.

Estuvo buenísimo: cantaron y bailamos, aunque a los tres minutos abandoné el intento coreográfico. Los grabé, y Nico y Lupe los fotografiaron. Los chicos entretenidísimos miraron a Tiluk cantar y bailar. La cosa estaba comenzando a tomar forma, pero me faltaba incorporar a Sebastián, o mejor dicho que él quisiera entrar, en la escena de los chicos.



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Esa noche, a diferencia de las dos anteriores, escuché que algunos de los chicos se juntaban a jugar y cantar: resultado, tal vez, de ver al cacique y a otros adultos bailando, eso más el estímulo del taller.

Me dormí en un catre de tientos de cuero por el que sobresalían mis tobillos. En comparación a la bolsa de dormir sobre el piso de tierra, posición que había adoptado las dos noches anteriores, me sentía en un somier. Mientras conciliaba el sueño, escuché la grabación de la fiesta de esa noche.

Seguramente la música de Tiluk/Sebastián todavía sonando insistentemente en mi cabeza fue lo que me despertó a la mañana siguiente. Me había terminado de aclarar las ideas: no hay forma de que los chicos aprendan a bailar y cantar la tradición si no la viven cotidianamente. Recordé imágenes de Rumbas que presencié en Cuba, ensayos de Escolas de Samba que vi en Río, cuerdas de Candombe en Uruguay, las Peregrinaciones de las Bandas de Sicuris y los Pesebres en Jujuy. Todas ellas traían una certeza fehaciente. Los chicos imitan, no estudian; ven lo que hacen los adultos y lo copian, sin más. No era cuestión de magia, simplemente no iba a suceder que un taller transmitiera algo que no sucedía bajo la forma de un hábito.

Los motivos por los que no sucedía en la Comunidad no eran de mi incumbencia, pero que comenzaran a suceder sí.

Me acerqué adonde estaba mateando Sebastián y tuve con él un ajedrez intelectual de lo más trabado, en el que el resultado (tablas), nos dio con el tiempo a los dos como ganadores. La charla, si bien en tono monocorde, se comenzó a tensar ya que ninguno de los dos terminaba de entender del todo lo que el otro proponía en relación a cómo continuar el Taller, pero como tantas veces en la historia de las relaciones humanas una mujer puso orden: habló Karina, hija mayor de Sebastián. Estaba terminando un tejido, presenciando la riña de gallos. Hasta ese momento yo no le conocía la voz. La propuesta era que ella podía encargarse de bailar con los chicos, que si a Sebastián le parecía bien podían utilizar una grabación que ellos ya tenían y que también podía ser ella quien condujese los juegos. Se hizo silencio, los hombres nos miramos y aceptamos el empate.

Esa misma tarde Karina vino conmigo al taller, y de a poco (en realidad rapidísimo), se fue haciendo cargo del liderazgo. Yo me senté a un costado a mirar y finalmente pude relajarme por primera vez en varios días. Sentía que mi trabajo estaba llegando a su fin con cierto éxito. Y sin embargo, faltaba lo mejor: cuando pusimos la grabación y las danzas Wichis comenzaron a intentarse, Sebastián que había estado mateando más atento que nunca apareció. Sin perder un segundo, intervino en el taller, hizo correcciones y dio indicaciones que fueron acatadas al pie de la letra por la tropa que, atenta, seguía a su Cacique. Fue verdaderamente un momento mágico.





Partida. Al otro día me volví para Salta desde donde tenía mi avión a Buenos Aires. Por suerte Martín, un amigo de Lupe, estaba trabajando en la zona y pasó a buscarnos por Santa Victoria, cosa que facilitó enormemente la vuelta. El cambio, en pocas horas, del paisaje del Chaco Salteño al Aeroparque de Buenos Aires fue brusco.

Hoy. El taller que arrancó con cinco o seis chicos en octubre, se reúne actualmente tres veces por semana y llegan a sumar más de quince participantes. Lo dictan Sebastián y Karina, que reciben un aporte del Mozarteum Argentino que decidió seguir apoyando el proyecto.

A este aporte –por sugerencia de mi viejo- se sumó la UCES (Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales), que financia la merienda para los chicos que concurren al taller. Mi maestra de Música de los ocho años, mi queridísima Judith Akoschky, donó un montón de instrumentos (varios de los cuales recuerdo haber tocado de chico) y la solidaridad de colegas de la Orquesta Filiberto, de la que soy orgulloso percusionista, amigos y familia, también dio sus frutos: envíos de ropa, calzado, juguetes y útiles escolares han ido enfilándose hacia el Santa Victoria.



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